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El año
1970, poco antes de viajar por primera vez a los EE.UU., leí la
novela de Ciro Alegría, “EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO”, historia de la
fuerza y coraje de una comunidad indígena, que enfrenta con heroismo,
una injusta expropiación de tierras. El nombre de esta novela me
llamó la atención y quise saber qué motivó al autor a ponerle por
nombre una especie de refrán a su libro; considerando que son muchos los pensamientos
o “dichos” que la filosofía popular ha ido creando sobre sus propias
experiencias.
Desde niño escuché también aquello de que “El mundo es chico” y este
último fin de semana comprobé una vez más, que ese otro decir, tiene
mucho de cierto. Claro, globalización, sería un nombre más moderno,
aun cuando yo considero que desde que Marco Polo llegó a la China o
Colón hasta América, ya el mundo se estaba globalizando con el
intercambio cultural que se iniciaba.
Rosa fue invitada a un matrimonio por una prima hermana, parte de
cuya familia no veía por más de 25 años. Elvira Sun Han, -la prema-
(así la llamo e cariño), se casó con Steve Wilson en una ceremonia que se realizó en la
ciudad de Seattle, estado de Washington al que viajamos el viernes
13, día en que se realizaría una ceremonia de prueba... no, no era
para saber si los contrayentes seguían con el mismo interés por
contraer nupcias, sino como un ensayo del matrimonio en sí. Fuimos
invitados a lo que los “gringos” llaman “Rehearsal” y al finalizar
el mismo, una dama se me acerca y me preguntó de pronto un tanto
asombrada del hallazgo, si era yo quien era. O sea, me preguntó, ¿eres
tú fulano de tal? y me llamó por mi nombre, además de recordarme
parte de mi árbol genealógico. Me quedé por un momento pensando de
quién se trataría. El problema es que la gente cambia y en 25 años más aun. La memoria me falló. Me dijo su nombre: Nancy Angulo y
seguí en la Luna. Hasta que se presentó como la ex-esposa de un
amigo de barrio allá en mi querido Pueblo Libre, Manuel Bustinza,
más conocido como “Nono”. Todo quedó paralizado en ese momento,
mientras mi memoria se refrescaba y analizaba sus características
físicas, que luego fue analizando, comparando y encajando dentro de
un marco que se había también quedado estáticamente impreso en el
subconsciente, en un pretérito pasado allá en la lejana patria. Pero
las anécdotas no terminarían con este simpático episodio, que me
mostró qué pequeño es el espacio aparentemente inmenso de nuestro
planeta.
El sábado, se realizó la ceremonia religiosa que tuvo su instante
más emotivo, cuando poco antes de ser declarados “Marido y Mujer”
por el Padre de la Iglesia, Elvira recibió la llamada telefónica de
dos de sus hijos, desde Lima. Debió ser difícil para ella, ya que
sólo podía escucharlos, sin contestar. La seriedad de la ceremonia,
en la cual era parte principal, le impedía hacer una tertulia de la
misma.
Luego nos trasladamos a los salones de un Club de Golf, donde con
más calma pudimos ya conocer más de cerca a todos los invitados y
fue interesante ver que a dicha reunión, asistía, aparte de la
familia de la novia, un grupo de sus amigos de infancia del lejano
Huacho. Más bulla que ellos, sólo recuerdo que la han hecho los
arequipeños, en algunas convenciones que realiza
anualmente la AIPEUC (Asociación de Instituciones
Peruanas en los Estados Unidos de Norteamérica y Canadá).
Nunca he visto un grupo tan numeroso, de gente del mismo barrio,
reunirse aquí en Estados Unidos. De tal forma que la fiesta, luego
de las nupcias fue de una algarabía inmensa, con recuerdos
constantes de anédotas huachanas y de las nuevas vivencias en
tierras del Tío Sam.
No podía faltar el momento criollo y lógicamente salimos a bailar un
jaranero Vals y otros con más salero, se encargaron de la Marinera y
el Festejo. Las servilletas y velas que habían colocado en las
mesas, sirvieron para recrear la escenografía del popular “Toro
Mata”. Luego llegó la “Salsa”, que inclusive los sorprendidos
lugareños, se animaron a bailar, al ritmo de consagradas maestras.
Nancy, “Chacha”, Teresa, Elvira, etc.; hasta el mismo Steve, ya
había sido preparado para estos menesteres y no desentonó, por lo
menos en el baile. Lucho Sun Han, casi no se sentó durante toda la
parte musical y Teresa se encargó en nombre de todos, de agradecer a
Steve por tanta hospitalidad; prometiéndole que todos volverían en
cada nuevo aniversario, algo que parece, no le hizo mucha gracia al
flamante esposo.
Seattle, es una de las ciudades que más me ha agradado de entre las
que he podido conocer en los Estados Unidos. Zona productora de los
agradables duraznos, fruta que estando precisamente en época de
cosecha, pudimos saborear, trayéndonos gratos recuerdos de cuando
estuvimos en Hawai y nos deleitamos con las jugosas piñas que allá
se producen.
El día posterior a la boda, los flamante esposos Elvira Sun Han y
Steve Wilson, invitaron a todo el grupo que quedaba, a un
restaurante de comida marina, donde luego de saborear algunos tipos
de pescados como el halibut, el ahi, el mahi mahi y el salmón, éste
último oriundo de dicha zona; asentamos el grato sabor vivo en el
paladar, con unos helados de duraznos, los cuales son cosechados en
época exacta para comer y no como sucede con los que encontramos en
otras ciudades donde no se produce, y lógicamente tiene que
cosecharse verde, para que se madure durante el proceso de empaque,
embarque, viaje, desembarque y venta. Así, la fruta no se pudre por
todo ese tiempo. Pero tampoco, termina de recibir todo su sabor
natural desde la planta madre, sintiéndose en muchos casos un tanto
insipido.
Steve, el simpático “gringo”, hoy esposo de la prima Elvira, tiene
un negocio de alquiler de casas rodantes y gran parte de sus
vehículos, sirvieron de alojamiento para todos los huachanos. Me los
imagino saltando de un “trailer” a otro, tratando de reencontrarse
en los recuerdos de sus vivencias en la campiña del lejano terruño.
Aquí en
Seattle, pudimos comprobar la grata hospitalidad de su gente.
El último día antes de regresar, la amabilidad de Shirley C.
Roberts, quien tiene una compañía que se especializa en organizar
todo tipo de recepciones y fue quien precisamente se encargó de las
del matrimonio de Elvira y Steve; nos permitió lograr gratos momentos
turísticos por muchos de los lugares interesantes de esta ciudad.
Algunas veces creimos encontrarnos en San Francisco, por sus empinadas calles y en otras, en Hawai, por tanta colina llena de
vegetación, algo que llama la atención, por ser zona nétamente
costeña.
Fue una bonita experiencia, que queremos ver repetirse. No... no el
matrimonio, el que deseamos perdure por siempre; me refiero a
visitar nuevamente dicha ciudad. Hay mucho más por conocer.
Saludos para todos los huachanos. Nos regresamos a New York con
gratos recuerdos.
© Luis A.
Ramírez S.
Editor
24 de septiembre, 2006 |