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Carta a mi Madre
¡Madre! Hoy es
tu día y pensé escribirte esta carta, con la cual postrarme ante tí y
pedirte perdón por mis errores. Se me hace tan difícil empezarla, pues las
ideas, los pensamientos, los recuerdos se arremolinan en mi mente, en un
torbellino de emociones, distantes y presentes, lleno de nostalgia y
alegría, de amor, de ternura.
La vida es dura Madre; quién te lo podría refutar. A tí que la has palpado
a cada instante; a tí, quien en aparente fragilidad, tienes el alma de
acero; el metal forjado en mil cambios de temperatura, como tu alma
forjada en batallares y luchas, luchas y esperanzas por el bienestar de
tus hijos.
El tiempo pasa Madre y es inexorable. Ya no están ni estarán más tus niños,
tus bebes; ya desarrollaron..., ya crecieron, algunos con los errores que
no hubieras querido ver en ellos. Pero, ¿quién es perfecto? Errar es
humano y muchas veces de ese error debemos aprender y seguir aprendiendo y
a pesar del yerro, seguir sintiéndonos cobijados bajo tu regazo protector,
cual ave que cuida sus críos a quienes todo perdona.
MADRE, es sinónimo de vida, sinónimo de Creación; a veces quisiera volver
a estar en tus entrañas, alimentándome de tu alimento, viviendo de tu
vida; sintiendo de tus emociones.
Es largo el camino de la vida.... y corto a la vez. ¿Recuerdas nuestras
travesuras?... a veces sonrío a solas recordándolas; y tú, cómo podrás
olvidarlas: eran tus travesuras también, eran tus vivencias, tu vida, tus
propias entrañas tratando de encausarce en la vorágine de la vida.
Creo aun recordar a Mamá María; su tierno rostro de resignación, cuando
cual rompecabezas, en travesura infantil, despojamos de su forma los
ladrillos de aquella estufa milenaria, bajo cuyo calor preparaba los
alimentos y calentaba noches frías de tertulia. Aquella casita en la Santa
Tierra, Chiclayo, como la llamaba papá, me trae muchos recuerdos... Nos
despertaba el gallo con su canto altanero... nos arrullaban las cuculís
con su quena nostálgica en el pico y nos amabas tú... y nos sigues amando,
prodigándote por encima de tu pena, por encima de tu dolor; iluminándonos
con los rayos de plata que cubren tu cabecita. Canas ganadas en tu lucha
por la vida. Canas... de un siglo cada una, cada cual una nostalgia, otras
alegrías y recuerdos.
Sabes, te quería preguntar si recuerdas nuestra casita de Belgrano; luego
me dije ¡Qué tontería!, vaya pregunta... Tus canas nacieron allí,
crecieron allí, blanquearon allí. ¿Recuerdas nuestro jardín?... lo
sembrábamos con papá... eran otros tiempos... tiempos que cambiaron tanto...
tanto.
Recuerdo los platanales entre cuyo follaje escondía mis travesuras; en
donde a veces pasaba el día entero, huyendo de todo y de nada; pensando en
querer ser grande, crecer rápido; ¡Qué ironía!, cuando a veces pienso que
quisiera volver a ser niño nuevamente y jugar con los panales de avispas
en infantil osadía, donde el premio era un aguijón en mi cuerpo. Volver a
jugar a las bolitas, a los trompos, las chapitas, los cartones. Pero, el
tiempo no se detiene, ya no están esas avispas, ni mis amigos de infancia;
ni tampoco está el panadero, ni el lechero, ni el humitero.
Todo cambió,
todo fue ayer y hace siglos, Dios Sabe. Sólo tu cariño permaneció
inalterable, se acrecentó con el paso de los años y seguimos siendo niños
en tu espíritu, en tu corazón; a pesar de tu congoja, a pesar de haber
perdido en el camino, cual desvanecimiento etereo, la solidez de tu
compañero, mi padre.
Creo Madre que llorarás al leer estas líneas; sería inhumano no hacerlo,
pero quiero que en este día... tú día; lloremos juntos, pero de alegría...
por lo que logramos vivir juntos... por lo que podemos recordar unidos;
por lo que logramos crecer uno al lado del otro; nosotros en madurez y tú
en bondad.
¡Feliz Día
Madre!
© Luis A.
Ramírez S.
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