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La Palizada Piurana
A principios del siglo pasado, existió en Piura la famosa Palizada Piurana, capitaneada por don Pedro Antonio Valdiviezo y Guerrero, mozo de holgada situación económica; al que acompañaban jóvenes descendientes de buenas familias, con una formidable vitalidad y deseos de aventuras y jocoso esparcimiento.
Naturalmente que esta disposición de ellos, reclamaba también una aptitud y suficiencia demostrada en varios aspectos y actividades probadas. Debían, por ejemplo, estar capacitados para trompearse o "jalar golpe", escalar paredes, domeñar perros, jugar a las cartas, a los dados, etc.; así como susurrar al oído de una dama, promesas de amor, tocar la guitarra y cantar amorosas endechas junto a una ventana. Sobre todo, aquello muy de moda en esa época, que dedicó Alejandro Ayarza a su homónima, la Palizada de Lima, que dice:
Somos los niños, más conocidos, de esta tan bella y noble ciudad, somos los niños, más engreídos, por nuestra gracia y sagacidad. De las jaranas, somos señores, y hacemos flores con el cajón, y si se ofrece, tirar trompadas, también tenemos disposición. Pásama la agüilla, etc., etc.,
A manera de leyenda se decía que Pedro Antonio Valdiviezo y Guerrero, había sido un jugador bohemio que en una ocasión afortunada o golpe de suerte en una noche jugando a la "Pinta", se había ganado una fortuna en bienes y dinero, y que depués se hizo solemne juramento para no jugar más; y dedicar su fortuna a mejores causas. Pero la verdad era que Pedro Antonio Valdiviezo y Guerrero, procedía de familias "acomodadas". Sus padres fueron don José Antonio Valdiviezo Checa, y su madre doña Antonia Guerrero de Valdiviezo, quienes eran propietarios de la Hacienda "Miraflores", situada al norte de la ciudad de Piura, que heredó Pedro Antonio y que fue vendiendo conforme necesitaba para sus diversiones y caprichos.
Dadas sus condiciones de bohemio, mentalidad ágil y don de gentes; y sobre todo, siempre con dinero en la faldriquera, se hizo de un círculo de amigos que compartían sus ocurrencias y colaboraban eficazmente con sus chistes y acciones espontáneas.
El ambiente piurano de esa época, era propicio. Noches silentes alumbradas con faroles a kerosene, que eran manipulados por "faroleros" que ágiles trepaban y descendían las escaleras que usaban para encender o apargarlos a la salida de la Luna, ¡y, qué luna!, la de aquellos tiempos. Parecía que alumbraba más, debido a que predisponía a los románticos a suspirar por las damiselas y, a bohemios a caminar por esas calles de Dios, buscando motivos de diversión al amparo de la penumbra o de la luz lunar.
Pedro Antonio, que siempre llevaba la iniciativa, una noche que en nuestro viejo puente gozaban de la brisa reconfortante que él ofrece bondadoso, dijo a sus amigos:
– Muchachos, se me ha antojado comer un "aguadito" de gallina. ¿Qué les parece? ¿Uds., gustarían los mismo? – ¡Claro, que sí!, contestaron a coro. – Bien, pero ¿dónde hay gallinas que no nos cuesten? dijo Pedo Antonio. – No hay mucho que caminar Pedro, donde las pavonas, dijo alguien. aquí nomás, al costado izquierdo, al lado del puente es, hay un corral de hermosas gallinas. Pero lo malo es, que hay de cuidador un enorme perro bravísimo, que es materialmente imposible acercarse siquiera. – ¡Qué va! Perro bravos conmigo, dijo Pedro y caminando hacia el sitio, seguido de todos, y mientras se desvestía hasta quedar hecho un adán, procedió a trepar la pared, que no era alta, y se arrojó adentro. De inmediato el perro se le abalanzó, pero Pedro avanzó impávido hacia él, y, éste al verlo, huyó con el rabo entre las patas, gimiendo, hasta perderse en el fondo del corral, quedándose Pedro como dueño y señor del terreno, y procedió a tantear seis gallinas de las más gordas para torcerles el pescuezo y arrojarlas a donde estaban sus amigos. Cumplida su tarea, retornó al sitio y procedió a vestirse nuevamente; y luego, haciendo comentarios de la hazaña, enfilaron a Tacalá (Castilla), donde en un chichero, comieron el "aguadito" y armaron jarana hasta avanzadas horas de la noche.
En otra ocasión, ocurrió que una noche, habiendo estado jugando billar en un bar, apostando y libando copas, uno de los del grupo, rendido quizá y cuando la noche estaba avanzada, se había quedado profundamente dormido recostado en una mesa. Al fin, llegó la hora de retirarse y lo estaban tratando de despertar, pero como estaba rendido, posiblemente, no despertaba. Entonces, se les ocurrió apagar todas las luces, y golpear las bolas del billar, mover sillas y conversar, aparentando que estaban en actividad, y entonces, procedieron a despertarlo moviéndolo brúscamente, diciéndole que ya se iban. Pero al despertar el amigo y tratar de ver y no conseguirlo, porque todo estaba a oscuras, creyó que había cegado y se produjo el siguiente diólogo:
– ¡Vámonos, ya es tarde fulano! – ¡Pero si no veo nada, hermanito! – ¿Cómo que no ves?, (mientras sonaban las bolas, movían sillas, conversaban y demás). Todo está iluminado y estamos jugando las últimas carambolas. – Pero si no veo, hermanito. Creo que he cegado y rompió en llanto.
Luego encendieron las luces entre bromas y risotadas...
Otra buena noche, reunidos en la Plazuela Merino y siempre pensando en banquetearse con "aguadito", trataron de convencer a uno de los integrantes de la Palizada Piurana a que extrajera unas cuantas aves del hermoso plantel que tenía su mamá en un corral de la calle del Playón (Arequipa). No dejó de ser difícil convencerlo; pues, su señora madre tenía un genio terrible y naturalmente, temía que ella llegara a saberlo. Pero de todas maneras, con la ayuda de él y su consentimiento, una de esas noches se sacaron media docena de aves y se encaminaron a un chichero de Tacalá (Castilla). La resistencia que ofreció el integrante del grupo, al no acceder a las pretensiones de Pedro Antonio, creó en el ánimo de éste, el deseo de hacerle una mala pasada. El efecto, al día siguiente mandó donde la mamá a entregar en nombre de dicho integrante, a un chico, con un paquete conteniendo las cabezas de las gallinas sacrificadas, que había tenido el cuidado de juntar. Hay que imaginarse la barahunda que se armó, al informarse del hecho la señora; pues le dió tal latigueada, que renunció del grupo.
En otra oportunidad que habían estado hasta avanzada la noche en un chicherío, paladeando "picaus" y jora, con el marco musical, desde luego, de guitarras y cantantes de aquella época, ejecutadas magistralmente con picardía y salero por los integrantes del grupo; y mientras unos cuantos jugaban a las cartas, uno de los que solía acompañarlos en sus aventuras y que siempre estaba listo a servir, se había quedado profundamente dormido a horcajadas en un banco junto a la mesa de juego. Pedro Antonio, que era supersticioso, estaba fastidiado por ello; creía que le daba mala suerte.
Pero como había visto que había un loro cabeza roja, parado en su aro y dormido con la cabeza bajo el ala, inmediátamente pensó hacerle una pasada al durmiente y desabotonándole la bragueta suavemente, cogió rápidamente al loro, lo introdujo en ella y abotonó... Había que ver al mozo cómo despertó violentamente y principió a saltar para despojarse del loro que posiblemente picoteaba a diestra y siniestra... con la consiguiente hilaridad de los presente.
Son muchas las anécdotas que se cuentan de los miembros de las Palizada Piurana, en particular de Pedro Antonio, quien al fin se enamoró locamente de la virtuosa señorita Erminia Frías Angeldonis y se casó con ella. Todo el proceso ceremonial del matrimonio fue algo excepcional. El acto se realizó en la Iglesia del Carmen y desde el interior del templo, atravezaba el portón y las graderías, una alfombra que enfilaba hacia la derecha a la calle Ancash (hoy Avenida Sánchez Cerro) y continuaba en ella, variando hacia el oeste, hasta llegar a la calle del Playón, (hoy Arequipa), y volteaba hacia la izquierda hasta llegar a la casa de don Andica, que era una casona, hoy sitio de exhibición de carros. Por ella, por la alfombra, desde la salida del templo, desfiló la pareja nupcial y delante de ella, iban seis señoritas elegantemente vestidas, regando flores; miembros de la palizada, todos vestidos de frac y sombrero de copa; y, luego iba el resto de los muchos acompañantes.
Verdaderamente que fue un acontecimiento nunca visto en Piura, y se presta para dudar que haya ocurrido cosa igual en otra parte. Parece que la vida hogareña al fin hastió a Pedro Antonio y principió a volver a las andadas. No obstante, la esposa y los hijos, abandonó el hogar y se arruinó, desapareciendo del escenario piurano. Murió en Lima. |
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De: HISTORIAS PIURANAS. VICTOR M. ORTIZ MORALES Piura - Lima, 1980 |
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● Piura |
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