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La Mamacha
El gamonal fuera de la Capital de la República es el que se impone a la Mamacha. Es la mujer del gamonal, o la madre del gamonalito, cuando es vieja y viuda; ella empuja a la figuración al marido; o enseña a caminar a los hijos por la senda de la política del pueblo, política de odios, de venganzas, de abuso y latrocinio.
Mujer varonil y de todo trapo: así, amasa pan con la servidumbre en la cocina, como da una comida a las autoridades y se emperejila como verdadera huachafa, colgándose de las orejas cada aretazo de brillantes que parecen flores de luz eléctrica y fáltanle dedos para engarzar anillos de todos los tamaños y de todas las clases de piedras.
Traje color alfalfa verde o rojo, como bandera nacional, sobre fustanes que al andar hacen tanta bulla, como pancas de maíz arrastradas por el suelo.
Generalmente es fea o es buenamoza; carne dura y en abundancia, color durazno en las mejillas, trenzas de pelo un tanto grueso y resistente.
La mamacha maneja al cura, al subprefecto, al juez, al alcalde, al administrador de correos, que es alguno de sus antiguos dependientes o domésticos. Monta magníficos caballos, sobre montura forrada en terciopelo y bordados con seda, montura con estribera de plata y hebillas y canuteras de idem.
En casa de la mamacha, se alojan los padres misioneros y la mamacha es la primera que se confiesa y que concurre a las misiones, con las más togadas en un sitio especial, generalmente en el coro bajo, a donde llevan las alfombras las chinas.
Las chinas de la mamacha son ocho, diez o más hijas de pobres indios de sus haciendas, a las que ha elevado a la categoría de sirvientas, a las cuales los domingos viste con limpieza, en cambio de las palizas que les aplica cotidiánamente por quita allá esas pajas.
Estas chinas son el regalo de los niños; es decir, de los hijos hombrecitos de la mamacha y alguna no escapa a la concupiscencia del patrón cuando la mamacha va a la hacienda o a las misiones. Son robaditas que a veces paran en colgaduras de las infelices, si llegan a ser descubiertas o en alguna pendencia soberana entre la mamacha y el gamonal, arrastrada del pelo por los suelos, hinchada de ojos y mediación del señor cura o de algún compadre y comadre, que hacen amistad a los cónyuges y que perfeccionan las paces con una merendona y baile hasta el amanecer.
En casa de la mamacha, se alojan todos los transeuntes de valer; y es ella la que prepara también alojamiento a las nuevas autoridades. Les envía bestias para su transporte, arrieros y fiambre.
Así es que ella, puede hacer meter a la cárcel a quien le de la gana; y puede poner en libertad al asesino o al ladrón de caminos que por casualidad caiga en poder de la justicia.
Todos le deben a la mamacha si no favores, plata efectiva; desde las autoridades hasta los infelices trabajadores y tiene más compadres y más comadres que pelos.
Por supuesto que es devota de alguna virgen y tiene oratorio en casa y altar de devoción en la iglesia.
Todos los días, después de los trajines y de las tundas, que no faltan en las espaldas de las chinas y de los cholos, de que también tiene un ejército, se reza la novena, a la que concurren los vecinos más íntimos.
Como las noches son oscuras y las ceras sólo arden en el altar de la imagen milagrosa, los corredores, el zaguán de la casa y la calle, parecen boca de lobo; y ésta es la hora en que la niña, hija de la mamacha, aprovecha para escurrirse y alcanzar la cartita al enamorado o recibir el beso furtivo tras de la puerta de calle.
El amor es muy retozón cerca de la novena y de los cánticos, que duran de ocho a diez de la noche y como acaba la Novena del Niño y sigue el Mes de María o el Corazón de Jesús o el trisagio, para que salga con bien el marido o el hijo en tal o cual empresa política, puede decirse que casi todo el año, la mamacha se la lleva en festividades.
Nadie da un paso en el lugar sin consultar a la mamacha, que tiene además de las haciendas, chacarillas, corrales y casas en el pueblo; amén de una buena tienda de comercio, una bodega y varias tenduchas de vendimia.
De vez en cuando va a las haciendas, a las cosechas y descansa el pueblo de su presencia; se huyen las chinas y fugan algunos cholos, como se dice, sin noticias.
Ella regresa de la hacienda, trayendo de mayor a menor, repuestos de esclavos; chinitas de 3 a 11 años, cholitos de 5 a 20; chinas y cholitos que crecen como verdaderos "desterrados hijos de Eva, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas"; inteligentes, activos, fáciles de educar; pero enderezados a chicotazo limpio y a garrote.
Ninguno tiene nombre; todos tienen apodo o son llamados por la mamacha "el sonso, "la tuerta".
– "Cholo tal por cual". – "indio bruto". –"China fascinerosa", etc.
¿Qué padre, qué madre, qué pariente se va a atrever a reclamar a estos infelices, ni a pedir compasión para ellos?
Supongamos un malvado que penetrara a un jardín y que se complacierra en arrancar cogollos y botones de flores para pisotearlos después. Así la mamacha lleva a su kindergarten de infamia, a los hijos de quienes se le antoja en sus haciendas; y aquella pobre servidumbre al pie del batán pelando trigo, o cerca del chorro de agua, lavando la ropa; canta sus tonadillas, como única expansión de su espíritu; y la mamacha si los oye, los hace callar con un grito de insulto, las remeda y mesándolas de los cabellos: "¿con que cantando, no?"... les dice, como si cantar fuera un crimen.
YARAVI
La mamacha, que instintívamente conoce la profunda intención de los cantos del indio, los hace callar a mojicones; pero ellos siempre cantan.
Y esa mujer, encarnación dorada de una barbarie secular, es una de las piedras angulares, sobre la que reposa el edificio político y social del interior de la Nación. |
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ABELARDO GAMARRA |
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