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Los Paseos a Chorrillos
Por: “El Cochero del Virrey”
Los domingueros paseos invernales a Chorrillos, hasta hace poco más de 50 años, era una alternativa económica e interesante para los limeños. Sin tener la popularidad de las impresionantes caravanas veraniegas a las playas de Agua Dulce, tenían, el encanto de la aventura y ese saborcito histórico que tienen tantos rincones de nuestra ciudad.
El Cochero del Virrey, se reunió el domingo con Manongo, un limeño sesentón que vive cerca de los Pantanos de Villa y que en nostálgica evocación nos relató de esos paseos y otras cosillas.
Yo en mi chiquititud –me dice Manongo– realicé el viaje muy a menudo, acompañado de una señora inglesa, amiga de la abuela que por circunstancias amorosas con ribetes de drama, había venido al Perú y se quedo en él.
Los domingos –prosiguió Manongo demostrando gran entusiasmo– nos reuníamos los primos y algunos amigos del barrio de los que sus padres eran amigos de los nuestros, sus abuelos de mis abuelos y así hasta el comienzo de los tiempos; es decir como primos postizos.
Almorzábamos en la gigantesca mesa de casa, iniciando la marcha a las 2.00 p. m. hacia la línea del tranvía, frente a la penitenciaria, o panóptico como se le llamaba a la antigua cárcel, que estaba situada, donde se encuentra hoy el Centro Cívico y el Hotel Sheraton.
La distancia desde nuestro hogar no era mucha, tomábamos el tranvía en el paradero en medio del jolgorio de la chiquillada, que conformaban una pequeña pandilla bulliciosa, que impacientaba hasta la locura a la Señora inglesa, sobre todo cuando dejábamos pasar al tranvía convencional en espera del acoplado, que era un tranvía de dos carros, siendo el segundo el favorito y en el que se magnificaba la emoción de las curvas y el sonido del traqueteo al golpear las ruedas, las uniones de tan trajinados rieles. La calidad rebatible de los asientos permitía un viaje en plena comunicación que duraría aproximadamente 30 minutos, rodando por los rieles de Paseo de la República y concluyendo en la avenida Olaya, donde quedaba el paradero final en Chorrillos. Caminábamos dos cuadras que nos separaban del malecón –contaba Manongo– y hacia la izquierda enrumbábamos al Morro Solar, la subida era respetando las estaciones del Vía Crucis, rezando el rosario hasta llegar a la Virgen del Morro en donde concluían las oraciones. Enseguida nos dirigíamos al observatorio que fuera inaugurado en nuestros últimos paseos y luego al monumento del soldado desconocido. Claro que por esas épocas no había asaltantes en el morro.
A esta altura de la conversación, traté de interrumpirlo, pero Manongo siguió recordando, las losetas del malecón, a los barquilleros cargando cilindros roji blancos, llenos de ricos barquillos que servían para agrandar los dedos de las manos de sus menudos compradores, a los turroneros y los turrones de miel, al algodonero y su rosado algodón de azúcar, al heladero Donofrio con su económico pibe en conito, al vendedor de manjar blanquillo y camotillo y no sé qué tantas golosinas más, que para dulcero no hay como el limeño.
Manongo me recordó muchos detalles de las vivencias no muy lejanas, pero principalmente al tranvía, ese armatoste que muchos añoramos con cariño.
Chorrillos a falta de una, contó con dos líneas de tranvías; la primera, que inicio su recorrido el 1 de abril de 1904 (fecha en que entró en servicio el tramo de Barranco - Chorrillos, ya que el de Lima-Barranco funcionaba desde el 17 de febrero de ese mismo año). La siguiente línea se inaugura el 1 de octubre de 1907 y posteriormente se le autorizó llegar hasta los linderos de la playa de la Herradura, donde debería construir un establecimiento para los veraneantes, obra que no fue la única ya que la empresa que explotaba esta línea (Compañía Nacional del tranvía), construye también el Puente Tenderini de madera, sustituido hace veinte años por el actual de fierro y concreto, como también el túnel de la Herradura, que tan importantes servicios nos presta hasta el día de hoy.
Es interesante hablar de otro tranvía aun más antiguo que circulaba de Barranco a Chorrillos y viceversa. Este era un tranvía tirado por caballos que hacía servicio de 6 de la mañana hasta las once de la noche, y fue puesto en servicio en 1894, el viaje duraba 20 minutos y costaba 0.05 centavos.
El Museo de la Electricidad, ubicado en el romántico distrito de Barranco, nos regaló el 22 de agosto de 1997 una sorpresa. Puso en funcionamiento un tranvía y hoy podemos tener la experiencia de viajar en él. Aplausos para ellos; mientras tanto nosotros seguiremos viajando por el tiempo en este viejo coche que atraviesa los años, con la facilidad que un automóvil lo hace con los numerosos baches de la ciudad.
Juan Carlos Arroyo Ferreyros
Chorrillos, febrero del 2003 |
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