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Mundo, Rayuela, Avión
Por: “El Cochero del Virrey”
Visitando Jerusalén en los años 90, traje el recuerdo de una visión familiar de tres niñas árabes que jugaban al “mundo” en Jerusalén y que originó el comentario de mi instructor israelí Dor Eleazar, cuando le expresé mi sorpresa por la universalidad de este pasatiempo, “... es explicable -me dijo- la rayuela es la expresión más simple de los laberintos acondicionados, para representar el mito del viaje del alma, hacia el cielo y su origen debe perderse en el tiempo...”
Por aquellos años, no tenía la menor presunción que escribiría sobre los juegos y el comentario de Eleazar, hombre de vasta cultura, fueron parte de los muchos que le escuché sobre una variedad de temas. Estos motivos y el tiempo transcurrido, explicarán que lo puesto en boca de mi instructor, no es una transcripción textual, pero guarda el sentido y la información que me transmitía.
El juego se practicaba ya en la Roma de los Cesares y el Foro Romano, conserva una curiosa prueba de ello; un “mundo” pintado en el suelo, que invita a los de traviesa imaginación, figurarse a Calígula o Nerón, teja en mano dando saltitos para llegar a la partida.
Se puede observar sin extrañarnos, en el paisaje urbano o rural de países tan lejanos entre sí, a grupos de niños que juegan alegremente al “mundo”. En China, Bolivia, Francia, India, México, Alemania o Estados Unidos. Se le denomina en otros lugares rayuela, el sol y la tierra, el cielo y la tierra, el sol y la luna, el avión, el aeroplano, el pijije, la golosa, etc. siendo España, sin duda donde este universal entretenimiento posee mayor cantidad de nombres y variantes.
En Tabasco se le llama, cojo pie; en Badajoz, calajanso, teta, chinche y también rayuela; cruzeta y corozo en Córdoba; en Huelva escanchuela, en Logroño, truco; en Sevilla, pique, pico, teje, teta, toldos y soria; en Soria se le denomina calderon; en Avila, pitajuelo y en Madrid truquemele.
Este, como todos los entretenimientos populares, precisa de muy poco, una tiza, que muchas veces era un trozo de yeso arrancado de la pared (antes también se usó el carbón) y una teja.
El juego radica esencialmente en pintar en el suelo un sendero dividido en diez cajones, arrojar la teja a uno de éstos y realizar un recorrido saltando en un pie, recogiendo la teja en el retorno.
Cuando jugábamos mundo hace cincuenta o más años, lo hacíamos con más “profesionalismo” que los chicos de ahora, por ejemplo, éramos incapaces de usar cualquier cosa como teja. Ubicábamos un ramal de cañería de plomo (de la red de gas en inexplicable desuso en Lima) y cortábamos un trozo que luego doblábamos y chancábamos con una gran piedra; La abuela nos acondicionaba saquitos de arena, de frijoles o de maíz, y todas estas como verés querido lector, eran tejas por excelencia, poseían el peso y consistencia ideal. Yo alcancé a jugar con todas ellas, siendo mi favorita la de cañería de plomo. A mis hijas las ví jugar, con cáscara de plátano, cosa que era ya demostrativa de la ligereza que se observaba en los preparativos del juego, pero hace unos días observé una atrocidad. Una parejita de niños de nueve o diez años, que jugaban mundo cerca al comercio de sus padres, utilizaban a guisa de teja un apretado y húmedo montoncito de papel higiénico, que al ser arrojado hacia el correspondiente cajón por las “sacrílegas” e infantiles manitas, se desintegraba en trozos que acompañados de profusa lluvia salpicaba alrededor. La repuesta al cisma podría ser, que las cañerías de plomo se acabaron y que las abuelas no cosen ya saquitos de arena.
Juan Carlos Arroyo Ferreyros
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